De los 29 a los 30: Banana Hoard en Cero

De los 29 a los 30: Banana Hoard en Cero

Estoy echado en mi cama. Anoche me acosté a las 5 de la mañana intentando presionar al máximo el poder terminar un pequeño trabajo que tengo por proyecto. Este va en muy buen camino y le falta poco. Ha recibido muy buenas opiniones, y francamente ha resultado ser uno de los más grandes logros que he hecho en términos de aprendizaje. Si mi vida fuera Los Sims, habría cruzado la línea de los 5 niveles de habilidad en un solo arrebato creativo. Las notificaciones de «¡Buen trabajo!» flotarían sobre mi cabeza. El cliente está encantado. Y yo… debería estar celebrando.

En cambio, esta mañana mi cerebro solo proyecta una escena: Donkey Kong mirando tristemente su reserva de bananas y encontrando todo vacío. Esa mirada que combina esfuerzo, confusión y una derrota absurda. Jamás me había sentido tan comprendido por un gorila de videojuego.

He aquí el plot twist amargo: el proyecto es brillante, la relación con el cliente es de pura confianza, pero el flujo de fondos está más muerto que planta de soltero. No es que no vayan a pagarme. Es que, en este preciso instante, el proyecto está en obras. Y yo soy el mono que se quedó sin su recompensa.

Y entonces llega, puntual como un gasto fijo, la sensación reina de la adultez en crisis: el asco. Un asco viscoso y vergonzoso. No a mi trabajo (lo amo). No a mi empeño (doy el 200%). Es el asco a la ecuación imposible: saber que vales, que puedes, que tienes las herramientas, pero que el «mercado laboral» te responde con el eco de un swipe left en Tinder. Mi último trabajo estable terminó porque la empresa, simplemente, no daba más. No llegaban los ingresos. Fue una despedida honesta, con todos los pagos al día y sin rencores. Les tengo un cariño enorme y la puerta sigue abierta. Pero en la economía real, hay que pagar la cuenta del súper. Y hoy, hasta el aire que respiras parece venir con una suscripción mensual.

Una amiga mía, que se ha ganado uno de los roles protagónicos de esta sitcom, me comparte su manifiesto: «Solo hay que tener vergüenza para robar». Y aunque asiento, mi mente hace parkour emocional para encontrar al culpable: ¿Soy yo? ¿Tengo una nube de lluvia sobre la cabeza que solo yo no veo? ¿Habré susurrado sin querer «inestabilidad crónica» en la entrevista?

El rechazo, cuando se instala, se vuelve contagioso. Empieza a filtrarse en lo social. Revisas ese grupo de chat que juraste era tu espacio seguro, tu «familia elegida». El silencio ahí duele con un tono distinto. No es un golpe, es un desvanecimiento. Les pediste ayuda, y el tiempo se esfumó. Les pediste una razón, y la que llegó tenía la lógica de un sueño febril. Duele, porque te hace cuestionar no solo tu valía personal, sino tu lugar en el álbum de fotos de los demás. ¿Fui un cameo de tantos años olvidable en la serie de sus vidas?

Pero entonces, justo cuando el guión parece escrito para un drama, suena la notificación. Llegan los mensajes. Esos efectos de sonidos que dictan: «Corte. Cambio de toma.»

Una amiga escribe: “Amiko, no eres un buen partido en el campo laboral, eres el partido completo». Otra: «Tus líneas muestran mucha fragilidad… pero no olvides que, a pesar de todo, eres una persona magnífica». Y una tercera, con la crudeza de quien ve claro: «Igual lo podrías transformar para publicarlo. Sería un buen paralelo a lo que se muestra en LinkedIn, todo tan rosa y optimista siempre».

Tienen razón. En la era del postureo profesional, admitir que a veces tu mayor hazaña es no haber cancelado HBO para tener ruido de fondo, es un acto de rebeldía íntima. Y tiene un punto, no sé, catártico.

Así que aquí estoy, compartiendo el “Banana Hoard en Cero”. No como un grito al vacío, sino como un brindis irónico con los que también revisan sus barriles con un nudo en el estómago y un dejo de esperanza. Porque al final, después de todo el drama interior, las analogías con videojuegos y los cuestionamientos existenciales, la vida siempre te devuelve a la pregunta más práctica, urgente y profundamente humana:

¿Y ahora cómo preparo mi café sin morir en el intento?

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