De los 29 a los 30: Bye Bye, Birthday Friend

De los 29 a los 30

No sé cómo escribir esto sin sonar, de alguna manera, culpable. O sin hacer sonar culpables a otros. Es como cargar con toda la ropa sucia de una casa compartida: sabes que es imposible que una sola persona la haya ensuciado, pero ahí estás tú, solo frente al montón, tratando de entender en qué momento se acumuló tanto.

¿En qué momento la «familia elegida» se convierte en un grupo de extraños con los que compartes un grupo de WhatsApp en silencio? Durante años, ellos fueron mi refugio. Lloré en sus hombros, celebré sus metas como propias y los vi amar y fallar. No los concibo como personas malintencionadas. Ni por un segundo. Pero hoy me pregunto: ¿Basta la buena intención para sostener el peso de los años?

El problema es que, de pronto, el castillo de arena se deshizo. Solo queda una silueta deforme. Y duele porque los cimientos de ese afecto parecen no haber resistido… ¿qué? ¿Diferencias? ¿Malentendidos? ¿O simplemente la erosión natural de la vida adulta?

La carta comodín y el vacío de la honestidad

Si buscamos objetividades, solo tengo mi relato y una serie de excusas vagas sobre salud mental. Aquí es donde invito al lector a ser el mediador: ¿Hasta dónde la salud mental es un límite sano y cuándo se convierte en una carta comodín para evadir conversaciones difíciles?

Celebro con furia el amor propio y el derecho a decir «no». Pero si ese «no» viene envasado en un ghosting, escoltado por el miedo a la confrontación, ¿estamos realmente cuidándonos o solo estamos desmantelando nuestra responsabilidad afectiva? ¿Es posible ser «leal a uno mismo» mientras se es desleal al pacto de honestidad con un amigo?

Yo no soy un paseo por el parque. Lo asumo. Soy agridulce, tosco e insensato. Mis bromas pueden dejar moretones y mi seguridad puede parecer arrogancia. Sé que mis errores son tan reales como mis intenciones de buena fe. La acusación que dinamitó el puente fue que mi persona «generaba ansiedad» en uno de ellos. Esa ansiedad se contagió como un virus y el océano de confianza se volvió el Pacífico literal.

¿Qué se hace cuando tú eres el desencadenante del malestar de alguien a quien amas? ¿Te retiras por respeto o pides una oportunidad para cambiar el tono? El silencio decidió por mí.

¿Ficción o Realidad?

Nos han vendido la ficción de los clanes perfectos: Friends, How I Met Your Mother, etc. Pero en la vida real, los guiones son frágiles y las renovaciones de contrato no están aseguradas. A veces, en el esfuerzo por pertenecer al «Club de Tobi», negociamos nuestras asperezas hasta convertirnos en un personaje secundario de nuestra propia vida: el «amigo agradable» que, en el fondo, no es él mismo.

Es más honesto, aunque más solitario, asumirse como el conflicto que uno es. Pero ojo: esto no es un salvoconducto. ¿Cuántas veces justificamos nuestros malos tratos con etiquetas psiquiátricas de moda? «Es que soy TEA», «es que tengo Ansiedad». Las etiquetas explican, no eximen. Si nuestras heridas afectan a otros, el trabajo es doble: gestionarlas y comunicarlas. A veces, la acción más amorosa es tomar un paso al costado y decir: «No puedo ser el amigo que necesitas ahora». Eso duele, pero no deja piezas faltantes en el rompecabezas del otro.

El cierre de temporada

Muchos me dicen «pasa página», pero este duelo duele más que el de una pareja. ¿Confié demasiado? ¿Me relajé en exceso? Quizás. Pero el dolor es la prueba de que lo que hubo fue real.

Como es la última columna del año, necesito soltar este lodazal de «porqués». He llegado al set y los camerinos están vacíos; los guiones ahora están en otras manos. No sé si la producción cambió de nombre o si simplemente la serie fue cancelada para mí. Pero necesito practicar lo que predico: dejar ir.

Les deseo una próxima temporada brillante. Hicimos grandes especiales: la boda, el Halloween en San Fernando, las mudanzas y ese «Lúdico Afectivo» donde todo comenzó. Hoy cierro este ciclo, no por falta de cariño, sino por exceso de realidad. Debo dedicarme, de una vez por todas, a mi propia serie.

No será sin dolor. Pero ya duele menos que preguntarme por qué la producción creativa dejó de tener sentido para el resto del elenco.

  • Feliz cumpleaños, compañero escolar y amigo. Espero que logres estar tranquilo y sin miedos.
  • Felices fiestas, amigas. Siempre les guardaré en mi corazoncito.

Feliz cumpleaños, Kid-do.
Espero que logres cazar tus diversiones en tranquilidad y felicidad.

Feliz independencia, amiga.
Espero que encuentres la tranquilidad que buscabas.

Y que, en algún plano del multiverso de la memoria, ese castillo de arena que construimos siga intacto. Aunque solo sea en el recuerdo de un solo miembro del reparto: yo.

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