Soy un fanático en recuperación de Los Sims. Mi vicio comenzó a los seis años, en una feria donde el software se vendía sobre una lona en la vereda, bajo el sol implacable. Entre CD-Rs con carátulas pixeladas y olor a polvo, encontré el tesoro: Los Sims (Que no tenían ningún número porque Vanguardia). En esa época, descargarlo era una desgaste de tiempo y plata. Para qué pensar comprarlo original porque seguramente imposible. Nuestro Windows 98, con sus heroicos 6GB de disco duro, dedicó el 16% de su existencia a albergar ese universo. Y yo, a cambio, le dediqué trozos enteros de mi infancia.
En ese juego, la vida era una serie de barras por llenar: energía, hambre, diversión, higiene… y una que siempre me intrigó: el entorno. Su nivel fluctuaba de manera brutal según la belleza o el caos de tu espacio. Un plato sucio en el suelo podía hundirla de lleno. Con los años, el juego se sofisticó. Aparecieron los puntos de felicidad: cumplir un deseo simple (como comer pan con queso) te daba puntos. Acumulabas suficientes y podías desbloquear atributos de vida: un árbol del dinero, la capacidad de necesitar menos sueño, poder bajar de peso inmediatamente con una pócima. La premisa era brillante y cruel: si eres lo suficientemente feliz, puedes comprar las herramientas para serlo aún más.
Hoy, a mis 29, navegando entre boletas impagas que se apilan y dinámicas de política y poder que ningún expansion pack incluyó, anhelo a veces, con un suspiro profundo, que la vida funcione con esa lógica clara y recompensable.
Este anhelo se volvió más tangible hace poco, en una de esas conversaciones en la micro (el bus) con mi pololo. Le contaba sobre mi actual estado de salud mental. Llevo poco más de un mes tomando escitalopram, por indicación médica. Y sí, es tentador (y hasta meme) echarle la culpa a un cuadro mental. Pero en el lado serio de la pantalla, este camino exige un monitoreo constante, casi forense, del ánimo. Se trata de observar sin juzgar: ¿Hubo un cambio? ¿La niebla mental cedió un poco al mediodía? ¿La pesadez del cuerpo sigue igual a las 5 PM? Ese reporte, después, se lo llevas a la doctora de salud mental. Es parte del trato.
Le contaba, por ejemplo, sobre los meses en que mi cuerpo parecía haberse derretido en el colchón. Días enteros congelado en la cama, donde el mundo se reducía a la ruta hacia el baño. Sabía, racionalmente, que tenía hambre. Que en la cocina había comida. Pero algo (un peso descomunal, un ancla de plomo en el pecho) ganaba siempre. El desánimo no era un estado de ánimo; era un personaje más en la habitación. Y viviendo en lo que yo llamo, con cariño y resignación, “Dorcina” (un loft de unos 10m² aprox donde dormitorio, cocina, living y comedor son un solo ecosistema de supervivencia), el desorden se volvía paisaje permanente. Los platos sucios, las tazas olvidadas, la ropa sobre la cama (y sobre mi)… eran la decoración. Mi barra de “entorno” estaba en rojo, crujiendo, y arrastraba todas las demás hacia abajo.
El cambio, cuando vino, no fue un rayo de luz. Fue lento, imperceptible al principio. Un día lavé los platos antes de que se apilaran. Otro, trapié el piso. Pequeños actos que, sin yo buscarlo, me daban un punto de felicidad escapista. Y, al acumular unos cuantos, sentí (no de golpe, sino con la lentitud de quien descubre un músculo nuevo) que había comprado un atributo distinto. No uno que limpiara la casa por mí, sino uno que hacía que el desorden afuera pesara menos adentro. Que el caos exterior no dictara, con tanta tiranía, el clima interno.
Mi pololo, con esa ternura práctica de un psicólogo infantil y que me conoce, escuchó mi elaborada teoría Sims-vida y soltó, con suavidad: “Amor… es el escitalopram.” En un segundo, mi profundo análisis comparativo entre la vida y un videojuego fue reducido, quizás, a un ajuste neuroquímico. (Es broma, pero solo a medias. El trabajo serio con un profesional no es opcional: es base).
Y tiene razón, pero solo en parte. Porque la pastilla no lava los platos ni paga las cuentas. Lo que hace, en el mejor de los casos, es bajar el volumen del ruido interno para que tú puedas escucharte y, tal vez, moverte. Muchas de nuestras piedras en el zapato vienen de universos que nos enseñaron a normalizar: la crianza que premia el aguante, la educación que glorifica el esfuerzo solitario, la precariedad económica disfrazada de carácter. El verdadero trabajo no es aprender a caminar con esa piedra, sino tener el valor, cuando el cuerpo y la mente te lo permiten, de detenerte, sacudirte el zapato y ver qué hay dentro.
Hoy voy aceptando, día a día, mi vida como freelancer. Como surfista de trabajitos que mantienen la rueda girando, a veces con gracia, a veces a los tumbos. No se trata de normalizar la precariedad con una sonrisa falsa. Se trata de aprender a resolver la ecuación vital con dos palitos de fósforo y una uña de gata. Le hallas el gusto a las condiciones, no por resignación hippie, sino porque las reglas del juego (que yo no inventé) parecen premiar, al menos, esa astucia creativa para no hundirse.
Pero quiero ser claro: lo relevante no es seguir un “manual de estilo de vida feliz” al pie de la letra. De hecho, me aberra esa gente que lanza consejos desde el privilegio de su química cerebral estable: “échale ganas”, “sal a caminar”, “piensa positivo”. ¿De dónde, cariño mio? ¿De entre las sábanas que pesan como cemento? Y plis… no me hablen de flojera o falta de voluntad. La depresión no es eso. No tiene una narrativa lógica ni coherente. No tiene forma, ni pies ni cabeza. Solo existe. Y pesa.
En una de mis series favoritas (un universo donde las emociones y los trastornos se personifican como monstruos, animales y bichos), la depresión es un gato gigante, amorfo y de un color lila oscuro. Cuando te acuestas, él se acomoda plácidamente sobre tu pecho y abdomen, haciendo que cada respiración sea trabajosa y que el simple acto de girarse para apagar la alarma sea una trabajo épico. No tengo una descripción más precisa. Así se siente: un peso ajeno, irracional, que te ancla a un presente infinito y gris.
Por eso, quiero dejar esto claro: lo importante no es que acumules puntos de felicidad ficticios para desbloquear un atributo mágico, ni que adoptes un perro porque “te obligará a salir”. Lo primero, y más fundamental, es esto: no estás roto. No eres extraño. Esto que sientes es un padecimiento real, tan común (y tan serio) como la fiebre o un dolor de muelas horrible. No lo conviertas en un estigma personal, pero tampoco lo normalices como una “mala racha” con la que hay que aprender a vivir la vida. Hazte cargo en la medida exacta en que puedas: a veces será pedir una hora al médico. Otras, será mandar un mensaje que diga “hoy estoy mal”. Habla. Comparte cómo te sientes, aunque sea torpemente, con alguien que sepa validar tu estado sin juzgarte. La mayor enemiga de la depresión no es la felicidad obligatoria, es el aislamiento. Su antídoto, aunque suene a cliché, es la compañía honesta y la conexión vulnerable.
Paradójicamente, hoy, en la era de la hiperconexión digital y las ventanas infinitas a vidas ajenas, es cuando más aislados podemos estar emocionalmente. No normalicemos este silencio. Hablemos de cómo nos sentimos, con honestidad y sin autoboicot. No cuestionemos el mal ajeno con eslóganes de superación. Validemos nuestro propio sentir. Y, sobre todo, compartamos la anécdota de nuestros “gatos morados”. Ponles nombre, descríbelos. Quizás, al sacarlos a la luz de una conversación, pierdan un poco de su peso y se acostumbren, de a poco, a acomodarse en la ventana.
Al final, la vida real no viene con una barra de “entorno” que podamos subir simplemente decorando. No hay árbol del dinero que compre la paz mental (ni mucho menos ctrl + alt + c donde escribir Motherlode lamentablemente). Pero sí viene (si miramos con mucho cuidado) con la posibilidad, lenta y trabajosa, de construir el atributo más valioso y personal: la resiliencia. Una que a veces requiere el andamio temporal de un fármaco, casi siempre necesita la red de seguridad de otros, y que se prueba, precisamente, en los días en que la “Dorcina” está hecha un caos y ninguna otra barra de estado puede sostener a la otra. Es en esos días, especialmente en esos, donde cada pequeño punto de felicidad robado vale el doble.