Este fin de semana me puse un cartel invisible de «Unicornio». Fue en la fiesta de revelación de género del hijo de mi amiga. Mientras el mundo se dividía en dos ejércitos bien definidos (Team Rosa y Team Azul), yo figuraba con mi delineado azúl y barba desordenada animando a la gente. El hoster no binario en medio de un dualismo de pañales y serpentinas.
Y si les soy sincero, ahí, entre los juegos y el olor a pizza, confirmé mi diagnóstico crónico: soy alérgico a los absolutismos. La vida, en mi experiencia, rara vez es «o lo uno o lo otro». Es, casi siempre, un «depende» incómodo pero honesto. Un gris rebelde en un mundo que pide certificados en colores primarios. O como decía Victor Jara: “Ustéd no es ná, ni chicha ni limoná”.
Pero el conflicto no termina en los baby showers. La semana pasada, mi aversión a los extremos se enfrentó a su prueba de fuego: el Festival Pulsar. Yo estaba allí, con mi pulsera de prensa en mi muñeca como un pase mágico. Aquello que permite saltarte la fila, pararte en la barricada sagrada (ese limbo entre el público y el escenario) y respirar el mismo aire que Mariana de Los Dënver. El sueño de cualquier fan.
Y sin embargo, en medio del riff de guitarra, me invadió una sensación extraña: envidia. Envidia del chico de atrás, que gritaba cada letra con el pulmón entero. Nostalgia de ser parte de la masa anónima y sudorosa, no el tipo con la cámara que tiene que trabajar la emoción. Mi querida ex jefa, una sabia, una vez me dijo: «No debo por qué estar de acuerdo conmigo misma». Y tenía razón. En la barricada, yo era dos personas: el profesional que capturaba el momento, y el fan que, mentalmente, se agachaba para no arruinarle el concierto a su yo del pasado.
Ahí estaba lo problemático. En el entretenimiento, como en la política de los baby showers, pareciera que solo hay dos puestos: ser la Estrella (iluminada, adorada, el centro) o ser el Público (que aplaude, que consume, que paga). ¿Y si no quieres ninguno? ¿O si, secretamente, anhelas el primero pero te asignaron el segundo con cámara incluida? Es agotador trabajar en la fábrica de sueños cuando tu propio sueño es ser el producto terminado.
Y aquí es donde el asunto se pone interesante. Porque este rechazo a los bandos no es un capricho. Es una postura crítica. El verdadero problema no es tener dos ideas en la cabeza (como los «providas» que también son «niñófobos» en la práctica) sino no tener el valor de sentarte contigo mismo a tomar un café y explicarte por qué cohabitás con esa contradicción. Conozco a demasiada gente que colecciona posturas como stickers en el notebook, sin importarles que el mensaje final sea un collage incoherente. El «progresista» que es un tirano en su oficina. El «ambientalista» cuyo mayor sacrificio fue cambiar la bolsa del supermercado. O el profamilia que nunca llama a sus padres.
La verdadera inteligencia social, creo, no está en elegir un bando, sino en sostener el tira y afloja interno con lucidez. En permitirte, en un mismo día, ser la persona más millonaria del mundo en tus planes y, a la vez, aceptar con gracia y dignidad la precariedad del almuerzo de oferta. En disfrutar la duda soberana de no saber si quieres una comida seca o una sopa. Lo importante no es ser de una sola línea, sino tener claros los arcos de personaje que te llevaron hasta aquí. Poder defenderte abrazando el drama glorioso de lo que eres en este instante: un ser múltiple, contradictorio y en proceso.
Y lo que más rabia me da es cuando la gente se define por lo que le desagrada. Cómo decir “no soy hombre, no soy mujer”. Eso a mí no me cuadra. Porque no me defino por lo que no soy. Al contrario: soy todo y, al mismo tiempo, nada. Pero cuando me toca ser nada, soy la nada protagonista, el vacío dramático, el hueco con más chispa (eeeeeeeh!). Jamás seré un vacío porque me quedé sin palabras, o porque la omisión del mensaje me convenga. Esa es una cobardía que ya no tolero.
Piénsenlo: vivimos en la era de la información. Ese es el oro puro de nuestro tiempo, la moneda de cambio del internet. ¿Y pretenden negarlo para aprovecharse de todos? Eso no es estrategia; es deshonestidad con tus pares, con quienes esperan algo de ti y, por sobre todo, con el peso de la brújula cuando eres quien señala el norte.
Al final, vivir en el intermedio no es una falla, sino la única postura honesta en un mundo de etiquetas brillantes y contenidos opacos. No es no querer elegir. Es rehusarse a elegir una mentira cómoda. Y en ese territorio incómodo, entre el escenario y el público, entre la coherencia y la contradicción, es donde (con dos o tres shots de cafeína en el cuerpo) estoy aprendiendo a escribir. Aunque sea con 5 dedos pulgares por mano.
Pero ey! en algún momento debes quitar la sed con chicha o limonada. Y más te vale sea algo que se alinee mayoritariamente a tus convicciones, más que a tus apariencias.